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jueves, 1 de septiembre de 2011

El Diario de Ana Frank, la película

uno no sabe para quién escribe, ni por qué lo hace. Escribir en un ejercicio que se hace para distraerse, para recontar lo vivido o lo inventado, una y otra vez, de formas distintas.

Y si recordamos todos los autores (muchos buenos) que antes de arrancar sus obras advierten que son muy malos, y que lo hacen porque los amigos los indujeron o un familiar lo hizó posible, o como en el caso de Ana Frank, fue la basura que se encontró tiempo despues de que se los llevaron a morir en los campos de concentración Nazi, por Judios.



Vivir encerrados. Como ratas. Como humanos. Como padres e hijos. Como hombre soltero y solitario. Como sea. En medio de una guerra, con dificultades para todo, incluso lo básico, pero ahí tienes aliados, que mientras llegue la muerte desde el sitio y la forma menos pensada, te ayudan a que se viva, se exista, y por ese milagro de ser, de enamorarse, de planear futuros, de comer mierda y decir “rico!”, de seguir insistiendo, trabajando, siendo fiel a uno mismo en medio de las adversidades, vale la pena contar el cuentico, en papelitos, en diarios, en blogs como éste, para que algún día ayude a (re)contar pasados, y con esas claridades y oscuridades de cada alma por despistada y terca que existió y luchó, se pueda hacer el verdadero mundo que todos merecemos, mañana.

La historia de Ana, de una escena horrorosa de la humanidad, me pone a pensar en mis bombadeos, en mis encierros, en las promesas del fin de una güerra y la llegada de la anhelada tranquilidad, donde los sueños tengan suelo donde echar raíces.

Y como Ana Frank, tengo que escribir lo que siento, así sea la mayor ofensa, o la peor carta que se escriba en la vida de alguien que se cree bueno.