uno no sabe para quién escribe, ni por qué lo hace. Escribir en un ejercicio que se hace para distraerse, para recontar lo vivido o lo inventado, una y otra vez, de formas distintas.
Y si recordamos todos los autores (muchos buenos) que antes de arrancar sus obras advierten que son muy malos, y que lo hacen porque los amigos los indujeron o un familiar lo hizó posible, o como en el caso de Ana Frank, fue la basura que se encontró tiempo despues de que se los llevaron a morir en los campos de concentración Nazi, por Judios.
Vivir encerrados. Como ratas. Como humanos. Como padres e hijos. Como hombre soltero y solitario. Como sea. En medio de una guerra, con dificultades para todo, incluso lo básico, pero ahí tienes aliados, que mientras llegue la muerte desde el sitio y la forma menos pensada, te ayudan a que se viva, se exista, y por ese milagro de ser, de enamorarse, de planear futuros, de comer mierda y decir “rico!”, de seguir insistiendo, trabajando, siendo fiel a uno mismo en medio de las adversidades, vale la pena contar el cuentico, en papelitos, en diarios, en blogs como éste, para que algún día ayude a (re)contar pasados, y con esas claridades y oscuridades de cada alma por despistada y terca que existió y luchó, se pueda hacer el verdadero mundo que todos merecemos, mañana.
La historia de Ana, de una escena horrorosa de la humanidad, me pone a pensar en mis bombadeos, en mis encierros, en las promesas del fin de una güerra y la llegada de la anhelada tranquilidad, donde los sueños tengan suelo donde echar raíces.
Y como Ana Frank, tengo que escribir lo que siento, así sea la mayor ofensa, o la peor carta que se escriba en la vida de alguien que se cree bueno.
Nos trasladamos
Hace 14 años