Me comí uno, rápidamente, recordando las tardes aquellas que nos pase con los amiguitos aprendiendo a fumar, y mareados del dulce tan hifueputa que nos habíamos metido.
Le di de a cigarro a cada compañeritos de hoy, no como símbolo de que fume, sino como el único cigarrillo que les regalo de corazón y gusto, porque el los de verdad, los que aprendí a fumar tiempo después,
me hicieron todo el daño del mundo. En las mañanas, por ahí deben haber escritos de esos días, tenia que negociar nuevamente con los pulmones, con la faringe, conmigo mismo que estaba embotado de humo.
Ahora ya no gasto dinero en cigarrillos, a menos que sean de los que venden en la Plaza de La América a 500 pesitos el paquete, porque ya se me olvido fumar, y ahora sol me endulzo.
Endulzate la vida, por favor.
2 comentarios:
Me voy para la Plaza de La América pero ya!!! y si consigo de los arrocitos rosados, mi felicidad será completa.
Gracias por recordarme las cosas más dulces de mi infancia, qué delicia!!! Muy buena la entrada
Ah, por cierto. Si vas de nuevo por allá, me avisas para hacer pedido
Yo nunca me he comido uno de esos. No sé dónde los pueda conseguir en Barranquilla, si es que se consiguen.
¡Saludos!
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