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viernes, 10 de diciembre de 2010

Las velitas se queman solas, y los días también

Me saboreo con una mala cara tenaz un vino tinto que compramos en el mercado como cariñito para los que nos gusta los cariños.

Un diciembre lleno de cosas, de aceleraciones, de trabajo, de nostalgias.

El día de las velitas, por lo cual escribo, paso tranquilo.

Prendí Velas. Dos paquetes.

Las encendí cuando el trabajo me dio tiempo, ya cuando el resto del mundo las estaba haciendo una bola de esperma, o veían subir cerca a sus cejas la "candelada del diablo".
Afuera llovía, y mis velas las tuve que poner debajo del techo, casi adentro de la casa, en el balcón donde nadie de afuera ve nada, ni huele casi nada.

Pensaba que qué pendejada encenderlas, que ya no estaba mi hermano (compañero en casi todas las encendidas de velas), y que no tenia a nadie a mi alrededor en ultimas, que ni los gatos que andan siempre lejos y dormidos, y que no hacen caso por el nombre que les inventé, y que cuando les cuento uno que otra idea que ando pensando solo se limitan a lambersen una pata o acicalarse su cosito con paciencia.
A pesar de la lluvia y las nostalgias, las velas de todos los colores quedaron reducidas a una mancha de cera en la primera tabla que me encontré. Porque bacano ver extinguir el fuego, porque tranquilizador ver arder, para suavizar la emociones, para tratar de acabar con el calor que mucho tiempo me tuvo de píe, más brutal y feliz que nunca, y que ahora por razones que aun no entiendo y que son lejanos a mí, me impide seguir, me hacen daño, estorban, me punzan, me hacen llorar. Y no, no me lo puedo sacar.

A la una de la mañana las velas seguían quemando el aire, y yo ya no tenia ni energía ni aire.
Fui a la cama como las otras noches pasadas: me arropo con casi todas las cobijas, hago un puchero de esos que le salen a uno en la impotencia, me abrazo, me voy para dentro, donde hay solo olvido.

Vendrán otros fuegos, y se consumirán igual que los días, que la vida.

martes, 8 de diciembre de 2009

Hoy, Prendiendo Velitas

Como en muchos Diciembres de mi vida, el día 7, o el 8, salimos a la puerta con un paquete de velas compradas en cualquier lado, y unas tablas sacas de cualquier lado y nos sentamos a prender velitas.

Cuando niño la abuela nos dijo que eran velitas para la virgen. Ya cuando pelaos entendimos que eran velitas para la “candelada del diablo”. Y ahora, sospecho que son velitas para que me den calor y me permitan pensar al ritmo del fuego que consume unos palos de parafina de colores.

Y como este barrio es demasiado tranquilo, y el unico peligro que tenemos (hasta ahora) es que el gato se nos vuele, pasamos la noche ahi afuera, tapando vientos, cuidando fuegos, tomando agua.
Comimos “mecato”, arepa de chócolo, y hasta natilla con buñuelos.
Y dejamos pasar la noche. Tranquilos. A ritmo de emisora “bullosa” y humo de las carnes de los vecinos. Y las papeletas de los adolescentes del otro lado.

Me gusta derretir pedacitos en otras velas, para que duren más, y para ver caer los colores, y para quemarme, por supuesto.

El día de las velitas, es un día bonito. Podría decir tantas cosas. Las velitas que encendí hace años en Cumbre Carmelo, o en Belén Granada, o el San Judas, o las que no prendí, pero que vi cuando camine los barrios...

Ahí les dejo una luz, pa´la virgen, o para usted mismo, no se queme.
Comenzó navidad!!

sábado, 28 de marzo de 2009

Hoy, apagón

A las 8,30 de un día llamado 23 de marzo de 2009, en Colombia, yo apagué las luces de mi casa. Es tanto, desconecte la nevera una hora sin miedo a que se dañara la carna, o la leche.

Con mi celular me ayude a salir de casa, fuí a comprar velas a la tienda, y la prendí en la mesa, le di play a mi mp3, y pensé en el el apagón del gobierno “Gaviria”.

A las 5 de la tarde, o a las 4, no recuerdo bien, era que se iba la luz en mi pueblo por culpa del “racionamiento” propuesto por el presidente de turno. Corríamos por la calles con las manos abiertas, creo que por esa época miramos más al cielo, y claro, en la oscuridad tocamos puertas, y jugando todas las tardes noches, a que nadie nos veían.

Yo estaba muy pequeño, y recuerdo que la ida de la luz le quitaba productividad a los habitantes, tan! Cambiaron la hora. Nunca pensaron en los niños que nos tocaba madrugar más temprano a la escuela que quedaba lo mismo de lejos y nos daban las mismas clases.

Las viejitas no tenian que preocuparse, el “cura” se rehusó cambiar la hora. Él no iba a dar su misa de las 6, a las 7, porque dejaría de llamarse: “La misa de las seis”.

Comprábamos velas, comíamos junticos, y escuchábamos radio, o cuando no había plata para pilas, alguien salia con algo..