jueves, 30 de junio de 2011

El discurso del Rey

Una película para sufrir. Uno hace fuerza la hora y cincuenta minutos que dura, a que un señor pronuncie palabras, silabas, o diga alguna idea.



uno se identifica un poco, porque pasaba por las escuelas de locución, y entraba a preguntar cuanto valía para mejorar un poquito en el "aspecto del habla". Es que fui cuidado por un tartamundo cuando niño, y fui solapado y silencioso en la edad media, y en la adolescencia no era capaz de gritar: ¡¡a la orden los tomates!!! Y perdía las tareas que eran saliendo al tablero. Y nunca tuve novia porque no era capaz de hablarles, a las mujeres en general. Y en la universidad que era un reticente. Y en los primeros pinitos del trabajo, las ideas no salían, eran, como de ahí para atrás en mi vida, como cuando contaba chistes y miraba al suelo y no pronunciaba bien (como hoy cuando hablo), así.
De eso se trata El Discurso del Rey, de los que hablamos por horas con los amigos, de cualquier cosa, de guachadas, de intimidades, de canciones que nos gustan (así cantemos mal), pero de hacerlo.

Ahora, por el fogueo constante en el trabajo, puedo hacer entrevistas variadas. Desde un gamín a un gerente. Pero en una conferencia o clase magistral, a pesar de haber grabado (trabajo) cursos de expresión corporal y publica (o algo así), y por varios meses meterme lápiz a la boca, pronuncia combinaciones de letras que en media hora te ponen a hablar claritico, soy un desastre total.

De eso, de ser buen hablador, de darme menos pena en publico, de ser capaz de soltar mis ideas de vez en cuando, a, ser capaz de ser conferencista, o periodista de combate, o líder de cualquier cosa, o poeta, o cuentero...

Aún no sabemos hablar. Nos da pena nuestra voz. No le creemos lo que dice, o cómo se escucha. Aun se nos seca la garganta, y se nos va la voz, y se nos olvida en lo qué íbamos. Vamos a “Quien quiere ser millonario” y nos ponemos en blanco. Y así vayamos a miles de clases (a las que no fuí), o hagas miles de ejercicios (que hicé solo algunos) hay un don que viene instalado en tu cuerpo que trae el código para ser buen orador, y dos, hay que escoger una voz, cómo hablas, y sin pena o con ella, decir las cosas, enfatizar tu mala pronunciación o hacer chistes de tus defectos mezcladas con las ideas que dices.

No quisiera ser rey, odio la puta monarquía. Vago ridículos conchudos! Pero si quiero agudizar la mente, ejercitar el aparato respiratorio y vocal, y ser un buen director de orquesta con mi sistema nervioso, para ser un combativo de la palabra, para soltar las ideas tan buenas que se me ocurren, pero al momento de contarlas, no sé si es la sangre, las neuronas que no conectan, o el aire, o las cuerdas vocales, o la lengua no se mueve como lo hace muchas veces, pero no sale, no lo suelto, o si lo suelto, sale una mierda, mal dicho, poco creíble, infantil, fatal, todos dejan de escuchar a los tres segundos. Y como no soy rey, nadie me para bolas (ni los policías cuando un día les gritaba que nos estaban atracando), hasta yo me aburro, y termino silencioso por minutos, horas, días, aterrado de lo malo que soy para hablar.

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