Y mientras temblaba, y soltaba la carne, y volvía y la cogía para cortarle otro poquitico, pensaba que yo siempre quise que mi padre fuera carnicero.
Los carniceros siempre tenían plata, mucha plata. Se la pasaban contando fajos de millones. Los carniceros tenían asegurado la carne de la semana. Los hijos de los carniceros no huelen a cebolla, y no les dan ración de 1000 pesos.
Nosotros, a pesar de mis pensamientos siempre fuimos comerciantes de legumbres. O sea, legumbreros. Y nunca, nunca que yo recuerde, nos falto la carne buena y salada para comer po montones.
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