
Recuerdo que desde niño trataba de estar en el quicio de la puerta, o en las escaleras de la cancha, o desde la ventana del colegio, en en una maga comiendo mangos, siempre buscando presenciar el atardecer y la anochecida.
Siempre pensaba muchas cosas, sobre todo en el futuro, en los días que me faltaban por vivir. La noche llegaba, y uno tranquilamente se ponía de píe y caminaba hacia la casa, o para el transporte que te lleva a algún lugar donde pasar la noche, la oscura noche.
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